Isaac Jiménez: En el otro Mundial, México tercero de grupo

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En el Grupo A del desarrollo, México termina en tercer lugar. No es especulación ni opinión: es lo que muestran los números

En el Grupo A del desarrollo, México termina en tercer lugar. No es especulación ni opinión: es lo que muestran los números. De las principales variables comparadas con Corea del Sur, Chequia y Sudáfrica, el país ocupa el tercer sitio en cuatro de ellas y el último en una. En PIB per cápita está por debajo de Chequia y Corea del Sur, pero por encima de Sudáfrica. En deuda pública por habitante ocurre lo mismo: tercer lugar. En el Índice de Gini, que mide desigualdad, también queda tercero, con una distribución del ingreso más inequitativa que la de los dos países más desarrollados del grupo. Solo en el promedio de años de escolaridad de la población adulta cae al cuarto y último puesto, con 9.3 años frente a los 13.0 de Chequia, los 12.7 de Corea del Sur y los 11.6 de Sudáfrica.

Ese tercer lugar general tiene algo de engañoso. En la cancha del Mundial 2026, quedar tercero del grupo todavía deja abierta la puerta a los dieciseisavos si los resultados acompañan. En el terreno económico y social, ese mismo tercer lugar se siente más como una advertencia que como un logro. Chequia y Corea del Sur no solo tienen más dinero por persona: tienen una estructura que se nota en la cancha diaria de la vida. Llegan con mejor preparación técnica, con una población que acumuló más años de formación y con menor fractura interna. Sudáfrica, a pesar de su pobreza estructural y su altísima desigualdad, al menos le lleva ventaja a México en el único indicador que mide cuánto ha estudiado realmente su gente.

México, en cambio, sigue dependiendo demasiado del talento individual y demasiado poco de la base colectiva. Es como ese equipo que tiene jugadores con buena pegada y velocidad, pero que nunca terminó de pulir la táctica ni de fortalecer la cantera. El bajo promedio educativo no es un detalle menor: es la diferencia entre una sociedad que puede leer contratos complejos, entender tecnología nueva y generar valor agregado, y otra que sigue peleando con las herramientas básicas. Cuando el desempate ya no se mide en tres partidos sino en décadas, esa brecha educativa se convierte en la pierna débil.

En un hipotético desempate entre terceros lugares, el fútbol tiene reglas claras: diferencia de goles, goles anotados, tarjetas. El desarrollo no es tan generoso. Ahí el criterio suele ser la capacidad real de competir en el mediano y largo plazo, y en ese rubro México llega con una desventaja clara. El tercer lugar económico puede dar respiro en el corto plazo, pero el último lugar en educación es la señal más cruda de que el equipo sigue sin resolver su problema estructural más importante.

Si realmente se quiere subir de nivel y pelear por los dos primeros puestos, los esfuerzos tienen que focalizarse, con toda la crudeza posible, en una sola prioridad: elevar de verdad el capital humano. No más años de escuela por inercia, sino una reforma profunda que mejore la calidad de la secundaria y la educación media superior, que fortalezca la formación técnica conectada con el mercado laboral y que deje de tratar la educación como un gasto asistencial para convertirla en la verdadera inversión de pretemporada del país. Todo lo demás —infraestructura, nearshoring, atracción de inversión— rendirá mucho menos si la mayoría de la población sigue llegando al mercado laboral con la libreta incompleta. Sin eso, México seguirá siendo un equipo que ilusiona en la fase de grupos, pero que rara vez logra sostener el ritmo cuando el partido se pone serio y largo.

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