No podemos controlar la tormenta global, pero sí la forma en que la enfrentamos
El cierre del Estrecho de Ormuz y el salto en los precios del petróleo no son una noticia distante: son una oleada que llega hasta nuestras casas, bolsillos y fábricas. Para México, importador neto de combustibles y parte de cadenas productivas integradas con Estados Unidos, esto significa más inflación, un peso más débil y un crecimiento más lento si no actuamos con prudencia.
Primero, la política monetaria debe evitar apresurarse. Bajar tasas ahora equivaldría a echar gasolina a una inflación que ya se siente en la canasta básica y en los costos de producción. Banxico debería privilegiar la estabilidad de precios y comunicar con claridad su hoja de ruta para reducir incertidumbre.
En lo fiscal, los subsidios generalizados son una tentación peligrosa: alivian momentáneamente, pero aumentan el déficit y erosionan la sostenibilidad. Mejor usar apoyos focalizados para los hogares más vulnerables y destinar posibles ingresos petroleros extraordinarios a fortalecer reservas o invertir en energía limpia que reduzca nuestra dependencia a largo plazo.
Hay también medidas estructurales urgentes: acelerar el nearshoring para diversificar la actividad productiva, incentivar la producción local de insumos clave y mejorar la eficiencia energética en sectores intensivos. La colaboración con socios del T-MEC, esto a días de comenzar la primera ronda de revisión para su renegociación, y con organismos multilaterales puede abrir espacios para mitigar la volatilidad.
No podemos controlar la tormenta global, pero sí la forma en que la enfrentamos. Cautela, comunicación transparente y acciones focalizadas son el timón que puede llevarnos a puerto seguro sin sacrificar el bienestar futuro por alivios momentáneos.



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