El 15 de junio, el Banco de México anunció que a partir de agosto podrá comprar ciertos bonos del gobierno en el mercado. Hasta ahora solo los vendía. Ahora también podrá comprarlos, pero solo en el mercado secundario (es decir, a bancos y fondos que ya tienen esos bonos) y únicamente dos tipos: Cetes y Bondes de corto plazo.
La idea oficial es mejorar el manejo de la liquidez del sistema financiero para que las tasas de interés de muy corto plazo se mantengan estables. Banxico ha dejado claro que no comprará deuda directamente al gobierno y que los montos serán limitados.
¿Qué significa esto en la práctica? Banxico tendrá más herramientas para inyectar o retirar dinero del mercado cuando sea necesario. Es un cambio operativo que le da más flexibilidad. No es una reforma grande ni permite imprimir dinero para financiar directamente el gasto del gobierno, algo que sigue prohibido por la Constitución.
Sin embargo, vale la pena mirar más allá de la explicación técnica. Cuando un banco central puede comprar deuda del gobierno —aunque sea de forma indirecta y limitada—, reduce un poco la presión que tiene el gobierno para mantener sus finanzas en orden. Si en el futuro el gobierno necesita colocar más deuda y el mercado privado no la compra fácilmente, existe el riesgo de que se use esta herramienta con más frecuencia.
Ludwig von Mises, uno de los economistas más importantes del siglo XX, alertó sobre los peligros de que los bancos centrales tengan cada vez más poder para intervenir en los mercados de dinero y deuda. Advierte que estas intervenciones, aunque parezcan técnicas y controladas, pueden distorsionar las señales del mercado y generar problemas más adelante.
El caso de Argentina es un ejemplo claro de lo que puede pasar cuando se normaliza que el banco central financie al gobierno. Durante muchos años, el Banco Central argentino compró deuda y transfirió recursos al Tesoro de forma recurrente. El resultado fue una fuerte emisión de dinero, inflación muy alta y una crisis de confianza en el peso que se agravó hacia finales de 2023.
México hoy está lejos de esa situación. Tiene reglas más estrictas y un banco central con mayor independencia. Aun así, la experiencia argentina muestra que los mecanismos que empiezan como “herramientas técnicas” pueden terminar usándose de forma más amplia cuando hay presiones fiscales.
Por ahora, la medida de Banxico parece controlada y con límites claros. No representa un cambio de rumbo ni una monetización del déficit público. El propio banco central ha sido transparente al explicar para qué la usará y qué no hará. El punto importante es vigilar que esta facultad se mantenga dentro de los límites que se han anunciado. La historia económica nos enseña que es más fácil ampliar este tipo de herramientas que reducirlas después. Por eso conviene seguir con atención cómo se utiliza en los próximos meses y años.
México tiene la ventaja de poder aprender de lo que ha pasado en otros países sin tener que vivirlo. Ojalá esta nueva herramienta se quede como un instrumento técnico de liquidez y no termine convirtiéndose, con el tiempo, en un mecanismo que facilite un mayor gasto público sin la disciplina del mercado.



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