Isaac Jiménez: México en la encrucijada: ¿gigante o espectador?

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Querétaro, Qro., 28 de mayo de 2026.-Imagina por un momento que estás viendo una carrera de relevos en América Latina. Durante años, México corrió en la primera posición con holgura. Tenía tamaño, cercanía con Estados Unidos, una base industrial sólida y, sobre todo, el estatus de grado de inversión que le abría las puertas del financiamiento internacional en mejores condiciones que a la mayoría de sus vecinos. Hoy, la imagen es distinta. México sigue siendo grande, pero ya no parece tan solo. Otros países han empezado a correr más rápido y con mejor técnica.

La pregunta que muchos inversionistas y analistas se hacen en este 2026 es si México está a punto de retomar el liderazgo o si, por el contrario, se convertirá en un observador mientras otras economías de la región toman la batuta.

Lo que diferencia a México hoy no es tanto el volumen de inversión extranjera que recibe —que sigue siendo de los más altos de la región—, sino cómo se compara esa inversión con el tamaño de su economía y, sobre todo, con la percepción de riesgo que proyecta al mundo. Países como Chile y Uruguay, aunque reciben menos dólares en términos absolutos, logran atraer inversión de forma más proporcional a su economía y con una percepción de riesgo significativamente mejor. Tienen grado de inversión más sólido y estable. Panamá y Paraguay, por su parte, han avanzado en los últimos años en mejorar su perfil crediticio y su atractivo relativo. No compiten por volumen, pero sí compiten —y ganan— en confianza.

Brasil, el otro gigante de la región, ofrece un espejo interesante. Como México, atrae grandes flujos de inversión por su tamaño de mercado. Sin embargo, perdió el grado de inversión hace años y eso le cuesta caro en términos de costo de financiamiento. México, por ahora, mantiene ese estatus. Pero está caminando sobre una línea muy delgada. Las recientes revisiones de las agencias calificadoras —con Moody’s bajando un escalón y S&P poniendo la perspectiva en negativa— envían una señal clara: el grado de inversión ya no se puede dar por hecho.

Lo que está en juego no es solo un título en una agencia. Es la capacidad de México para seguir atrayendo inversión de calidad en un momento en que el nearshoring representa una oportunidad histórica. Esa ola de relocalización de cadenas productivas no va a durar para siempre. Otros países de la región están observando y algunos ya están posicionándose. Si México no logra traducir el nearshoring en un fortalecimiento estructural —mejorando su perfil fiscal, fortaleciendo instituciones y reduciendo la percepción de riesgo—, corre el peligro de que esa inversión sea más coyuntural que transformadora.

Hace diez años, México recibía volúmenes importantes de inversión extranjera y mantenía una posición cómoda en el grado de inversión. Hoy recibe más en términos absolutos, pero la proporción respecto a su economía no ha crecido al mismo ritmo, y la percepción de riesgo se ha vuelto más frágil. Mientras tanto, economías más pequeñas han logrado mejorar su nota crediticia y ofrecer mayor certidumbre a los inversionistas de largo plazo.

La diferencia entre ser el gigante o convertirse en espectador no radica en el tamaño. Radica en la capacidad de convertir las oportunidades actuales en ventajas estructurales duraderas. El nearshoring es una ventana. El grado de inversión es un activo que se puede perder. Y la confianza de los inversionistas es algo que se construye o se erosiona todos los días.

México tiene en sus manos la posibilidad de volver a liderar. Pero también tiene frente a sí el riesgo real de quedarse observando cómo otros países —más pequeños, pero más consistentes— avanzan con mayor velocidad y credibilidad. La decisión de hacia dónde mirar en los próximos años definirá si recuperamos el paso o si, simplemente, nos quedamos rezagados en la carrera.

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