El acoso laboral no es un simple problema entre personas. Es una forma de violencia psicológica sistemática que busca desgastar, aislar o expulsar a alguien del entorno laboral
Se manifiesta en silencios, exclusiones, humillaciones sutiles o cargas de trabajo imposibles. Y aunque en México existen normas que lo prohíben, la realidad es incómoda: la violencia en el trabajo sigue siendo parte de la normalidad.
El acoso laboral no es un simple problema entre personas. Es una forma de violencia psicológica sistemática que busca desgastar, aislar o expulsar a alguien del entorno laboral. Lo grave es que muchas de sus manifestaciones son tan sutiles que pasan desapercibidas, o peor aún, se justifican como parte del trabajo.
Durante años se ha intentado explicar el acoso laboral desde la personalidad de las personas: el “jefe tóxico”, el “compañero conflictivo”.
Pero esa explicación es limitada, porque el acoso laboral no surge por casualidad. Se permite. Se tolera. Y en muchos casos, se normaliza dentro de las organizaciones.
Ambientes sin controles reales, liderazgos autoritarios y culturas laborales centradas únicamente en resultados generan el escenario perfecto para que la violencia ocurra sin consecuencias.
Las cifras son claras, pero incómodas, a nivel mundial, 1 de cada 5 personas ha sufrido violencia en el trabajo, mientras que en México 4 de cada 10 mujeres trabajadoras han enfrentado acoso laboral. Lo preocupante es que estas cifras no revelan los datos reales, pues muchas veces el acoso laboral queda en el silencio.
México ha avanzado en el reconocimiento jurídico del problema, a través de normas que prohíben el acoso y que imponen obligación al patrón de tomar medidas que atiendan riesgos psicosociales como la NOM-035.
Sin embargo, en muchos centros de trabajo, estas herramientas existen solo en el papel, existiendo protocolos que no se aplican, capacitaciones simuladas o denuncias que no prosperan por lo complejo de probar en juicio la existencia del acoso laboral y muchas otras ocasiones que lo abrumador del procedimiento legal incentiva a la víctima para buscar justicia.
La ley sanciona conductas, pero no cambia culturas organizacionales. Cuando una organización permite el acoso para mantener productividad, no hay ausencia de reglas, hay una decisión ética.
Es lo que se ha denominado “ética de la omisión”: saber que existe violencia y elegir no intervenir, decisión que tiene un costo alto, que se traduce en deterioro del clima laboral, perdida de talento, normalización de la violencia y sobre todo la deshumanización del trabajo, donde se priorizan los resultados sobre las personas.
Erradicar el acoso laboral exige algo más que normas, requiere códigos de ética aplicables, protocolos que respondan a la realidad de la organización y que realmente sean funcionales, pero también un interés y participación real de los trabajadores así como liderazgos con responsabilidad ética.
La ley castiga, la ética previene.
Pero en México, el gran problema es que muchas veces, ninguna de las dos se toma en serio.
*Mónica Ruíz Colin, abogada, especializada en materia laboral, litigante y docente



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