Isaac Jiménez: La fortaleza externa de México

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México mantiene una posición externa relativamente sólida. En el segundo trimestre de 2026 la cuenta corriente registró un superávit cercano a 8,900 millones de dólares (alrededor del 1.7 % del PIB) y en 2025 el déficit fue modesto, de unos 8,200 millones de dólares (0.4 % del PIB). Estas cifras muestran que el país sigue generando más divisas de las que absorbe en términos netos, o que el desequilibrio, cuando existe, es pequeño y financiable.

El principal sostén mexicano es el superávit comercial no petrolero. Las exportaciones manufactureras representan cerca del 92% del total y están concentradas en el norte y en Jalisco. Chihuahua aporta alrededor de una cuarta parte de las exportaciones nacionales, con fuerte peso en electrónica y componentes; Jalisco ha crecido de forma acelerada en el mismo rubro. Coahuila, Nuevo León, Baja California y el Bajío (Querétaro entre ellos) completan el núcleo, con automotriz, equipo eléctrico y otras manufacturas. Esta capacidad se apoya en décadas de integración con EUA bajo el T-MEC: cadenas de suministro consolidadas, infraestructura logística y especialización productiva. Las remesas aportan un flujo adicional de divisas (superaron los 41 mil millones de dólares en los primeros ocho meses de 2026), aunque su peso es mayor en el consumo interno de varios estados del centro y sur. Las reservas internacionales se mantienen altas (alrededor de 256 mil millones de dólares), lo que refuerza la confianza externa y da margen de maniobra.

Von Mises señaló que las ventajas comerciales se sostienen cuando los empresarios pueden asignar recursos según las señales reales de precios y beneficios, sin distorsiones monetarias o regulatorias excesivas, y cuando se permite la acumulación de capital a través de la especialización y el comercio libre. Aplicado al caso mexicano, esa fortaleza exportadora se mantiene y puede repuntar si se preserva lo que la hizo posible: apertura comercial, estabilidad macroeconómica y un entorno que incentive la inversión productiva de largo plazo. El riesgo principal no es tanto un shock externo puntual, sino el deterioro gradual de las condiciones internas —mayor incertidumbre jurídica, aumento de costos regulatorios o políticas que desalienten la formación de capital— que erosionen la competitividad de las manufacturas.

México no tiene una ventaja externa automática. Tiene una especialización productiva real, construida a lo largo de décadas, que hoy le permite navegar con más holgura que economías de tamaño comparable. Conservarla y ampliarla depende de no interferir demasiado con los mecanismos que la generaron y de seguir facilitando la inversión en los estados que ya demuestran capacidad exportadora, así como conservar las actuales condiciones del T-MEC.

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